¡Hola a tod@s! Aquí os dejamos, desde el Departamento de Letras, el relato de nuestra compañera Carmen, de 3ºESO C, que ha sido finalista en el concurso de relatos de este año. GRACIAS POR TU PARTICIPACIÓN
Éramos
dos extraños.
Nuestras
miradas se encontraron el primer día de universidad, compartíamos la clase de
filosofía. Nos sentamos en asientos contiguos. En el momento en el que el señor
Giménez, licenciado en filosofía, comenzó un monólogo sobre la moral, los dos resoplamos.
Ninguno estaba ahí por elección propia, pero era una asignatura que no requería
mucho esfuerzo y queríamos subir la media. Durante unos segundos cruzamos miradas
de desesperación, nos reímos, ambos sabíamos que nos arrepentiríamos de haber
elegido aquella asignatura. Salimos de clase. Fuimos a la cafetería, charlamos
durante mas de dos horas. Al finalizar sentimos que nos conocíamos de toda la
vida. Miramos el reloj, llegábamos tarde a la siguiente clase. Nos despedimos,
nos veríamos al día siguiente en clase de filosofía.
Era
el último día antes de vacaciones de Navidad. Hablábamos diariamente desde
aquel primer encuentro, ambos nos gustábamos. Yo era demasiado obvia y él
demasiado tímido. Teníamos filosofía a última hora de la mañana, no prestábamos
atención al señor Giménez. Nos dedicábamos fugaces y nerviosas miradas de
admiración. Pillábamos al otro mirando de reojo. Sabíamos que no nos veríamos
en unas semanas puesto que pasaríamos las navidades en casa. Queríamos decir
algo, pero estábamos demasiado nerviosos. La clase de filosofía dio por
finalizada la primera mitad del semestre. Salí corriendo, pero le esperé en la
puerta. Él tenía que consultar una duda sobre la tarea de vacaciones. Al salir
de la clase se sorprendió de verme allí, de pie, mirándole sin decir una sola palabra.
En
mi mente su imagen acercándose ocurría a cámara lenta, mientras que mi corazón
corría a 100 kilómetro por hora. En mi vida había estado tan nerviosa. Sabía
que tenía que hacer algo, no podía esperar y arrepentirme más tarde. Di el
paso. Le invité a salir. Se sonrojó, su boca no produjo ningún sonido,
simplemente se quedó ahí, frente a mí, sin saber cómo reaccionar. De repente, y
sin previo aviso, soltó el ejemplar de filosofía y se acercó a mi. Me besó.
Lo
que vino después se puede deducir. Comenzamos a salir juntos. Los meses pasaron
volando, y los años. En un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos en la
última clase de filosofía de la carrera. Tras esta hora estaríamos oficialmente
graduados, bueno, habríamos acabado la carrera. Los exámenes habían terminado,
nadie quería escuchar ni una palabra más del señor Giménez. La clase terminó,
todos salieron en emboscada con ánimos de quemar todos los libros. Nos
acercamos al señor Giménez, le dimos las gracias. Él, obviamente no lo
comprendió, pero al fin y al cabo nos conocimos gracias a su asignatura.
Era
el día de la graduación, nos vestimos a juego. Él llevaba un traje negro y su
pajarita turquesa complementaba mi vestido. Nuestras familias se sentían
orgullosas, nosotros liberados. Me pidió que me mudara con él.
Dos
años después teníamos casa propia, perro, y estábamos prometidos. Seis años de
relación maravillosos, llenos de recuerdos. Él no recordaba algunas cosas, por
eso me encargaba de dejar constancia de nuestros viajes en fotos, vídeos y
álbumes de recortes. Éramos muy felices, pero yo sabía que no nos casaríamos.
Fuimos a visitar varias veces al señor Giménez en los siguientes tres años. Al
principio contábamos anécdotas y compartíamos recuerdos, pero las últimas
visitas fueron más duras para él, no recordaba mucho, lo intentaba y se
frustraba al no ser capaz de relacionar la cara del señor Giménez con la de
alguien conocido.
Cuatro
años prometidos, y él seguía declarándose una vez al mes, como si fuera la
primera. Visitamos varios especialistas, cada uno sacaba una hipótesis
diferente, pero todos llegaban a la misma conclusión, no me recordaría durante
mucho más tiempo.
Los
álbumes de recortes y las fotos dejaron de servir, él ya no recordaba nada de
eso. Para su familia fue duro de asimilar, yo seguía sin entenderlo. Al parecer
ser joven no es escusa para padecer Alzheimer. Un día dejó de recordar, solo
una memoria quedaba en su mente, una que me mantenía con esperanza, el día que
nos conocimos.
Él
día que esperaba desde que tuvimos la primera cita con el médico seis años
atrás había llegado. Me desperté antes que él, le preparé el desayuno y guardé
la alianza por si decidía proponerme matrimonio como una de tantas veces. Entré
en la habitación. Al despertarle se sobresaltó al verme, yo ya sabía que algo
iba mal. El amor de mi vida ya no me recordaba.
Pronto
llegó el personal de la residencia que le busqué, me despedí y vi en sus ojos
todos aquellos recuerdos pasados que para él nunca existieron. Por qué a una
persona tan joven se le debían arrebatar los recuerdos. Me miró, con extrañeza
e intriga, como si quisiera conocerme. No fui capaz de ver como se lo llevaban.
La
casa ahora estaba vacía, decidí evadirme mirando fichas médicas y poniendo todo
en orden. Un sobre cayó de entre un montón de recetas médicas, debió haberse
traspapelado. Lo abrí. Era una nota, tenía su letra. Se escribió el día de la
primera visita al médico. Me pedía perdón por no ser capaz de recordarme y me
decía que soy y seré el amor de su vida. El sobre también contenía una foto.
Era su antebrazo, nunca me había fijado. Se hizo un tatuaje aquel día “Aula 6,
Filosofía”. Y detrás de la foto una frase: “aunque este recuerdo no permanezca
en mi memoria, se quedará conmigo. Firmado, Nico”
Nunca
volví a enamorarme, al fin y al cabo, yo seguía amándole.
Éramos
dos extraños, de nuevo, pero esta vez uno de nosotros tenía recuerdos.