Os dejamos con otra adaptación de la obra de El conde Lucanor, ¡esperamos que la disfrutéis!
Un joven caminaba por las
desoladas calles de Cabiérniga, un pequeño pueblo de Cantabria. Vacacionaba en
este precioso municipio huyendo del constante ajetreo de su vida en la capital.
Decidió tomar asiento en un viejo y oxidado banco de una plazuca, donde no pudo
evitar pensar en las responsabilidades que tendría al volver a Madrid.
Un
hombre de unos setenta y cinco años pasaba por allí. Este, en una de sus infinitas
mañanas de paseos sin rumbo especifico, decidió interesarse por el joven,
aparentemente abrumado.
El joven advirtió cómo el
anciano, desconocido, se sentaba a su lado.
- - ¿Qué te preocupa? – Inquirió Ramón, el hombre de
mayor edad.
- - Verá…- empezó a responder Daniel-. Creé un negocio
de tecnología: móviles, juegos, consolas… Pensé que me iría bien, pero llevo
varios meses desde que la abrí y no llego al objetivo que quería; no hago tanto
dinero como me gustaría hacer.
Ramón le observó y reflexionó durante unos segundos
sin decir nada.
- - ¿Qué puedo hacer? – preguntó Daniel al anciano
o, más bien, a sí mismo.
- - Te contaré algo, hijo…- comenzó a hablar Ramón, habiéndoselo
tomado como una pregunta hacia él-. Yo tengo un sobrino que también tiene un
negocio. Te sonará raro, pero un día se levantó y se preguntó: ‘’¿Por qué no
vendo piedras? Seguro que alguien las compra’’.
Esto no es del
todo así, no son piedras sin más, concretamente, es un negocio de artículos para
peceras, pero lo que quiero transmitir es que de una idea tan ‘tonta’ puede
salir algo productivo, como es vender toneladas de esas piedras a la semana.
Él es abogado,
tiene su sueldo, pero le encantaba la idea de tener una pequeña empresa, fuera
de ganar dinero. ‘’Creer es poder, tío’’, me decía siempre, y yo no lo quitaba razón,
pero realmente no creía en que su negocio llegara a ser productivo, hasta que
lo fue. Y aprendí que creer es poder y que es muy importante el cómo tomes las
cosas y cómo les plantes cara.
Así, se me
ocurre una metáfora breve: había un hombre allá por la Roma clásica muy
ambicioso, quería tener el puesto más productivo del ‘’Forum Romanum’’, el foro
romano. Para ello, dedicaba su vida única y exclusivamente a producir y vender
de malas maneras y anteponiendo el dinero a todo lo demás. Por otra parte, un humilde
comercio de verduras y pan, poco a poco ganaba fama en el Foro, ya que la
calidad de los productos y el trato recibido era excepcional. Sin embargo, el
ambicioso romano advertía cómo su negocio se estancaba y no vendía ni la mitad
de lo que necesitaba vender.
Joven, el hombre
del pequeño puesto de verduras tenia una
familia que cuidaba, hombres trabajando en su negocio y una vida llena de
felicidad… Él no quería dinero para alcanzar poder, él quería ser feliz, hacer
feliz a los demás y, simplemente, vivir bien. Por eso, creo que deberías reflexionar
sobre cómo enfocas tu vida, teniendo en cuenta que, ¿de qué sirve tanto dinero si
luego te falta lo que realmente importa? La familia, los amigos, los caprichos…
Trabaja, pero no por el dinero, por ti y por los tuyos.
El joven Daniel se quedó
maravillado al escuchar la lección de vida brindada por aquel hombre, lección que
nunca olvidó, y hombre que tampoco olvidaría nunca, puesto que le hizo alcanzar
el mayor éxito que puede uno tener: la felicidad.
Álvaro Moltó (3ºD)